Un accidente radiactivo ocurrido en Brasil.
Dos recolectores de basura, Roberto dos Santos Alves y Wagner Mota Pereira, entraron a un hospital abandonado (el instituto Goiano de Radioterapia) y encontraron una máquina de radioterapia que contenía una fuente de cesio-137. La abrieron con destornilladores y vendieron la cápsula a un depósito de chatarra. El dueño del depósito se fascinó con el brillo azul del polvo radiactivo y lo llevó a su casa, donde lo compartió con familiares, vecinos y amigos. Muchos de ellos se contaminaron al tocar o frotar el polvo sobre su piel. Durante más de dos semanas, el polvo se dispersó por varios lugares y objetos, causando enfermedad y muerte por radiación. El accidente se descubrió cuando una persona llevó un fragmento del material a un hospital y se detectó la radiación. Se inició entonces un operativo de descontaminación y atención médica que duró varios meses.

Cronología del accidente radiológico de Goiânia
El 13 de septiembre de 1987, en la ciudad brasileña de Goiânia, dos recolectores de basura ingresaron a un hospital abandonado en busca de materiales reutilizables. Lo que encontraron fue una máquina de radioterapia olvidada, que contenía en su interior una cápsula con cesio-137, un material altamente radiactivo. Sin saberlo, al abrirla liberaron una sustancia que cambiaría para siempre la historia de la ciudad. La cápsula se vendió a un depósito de chatarra local, donde comenzó a circular entre manos inocentes.
Dos días después, el 15 de septiembre, uno de los recolectores acudió a un centro médico aquejado por vómitos, diarrea y mareos. Los síntomas se atribuyeron erróneamente a una reacción alérgica, lo que retrasó la identificación del verdadero problema. Mientras tanto, el cesio-137 seguía su curso silencioso, contaminando todo lo que tocaba.
El 18 de septiembre, el dueño del depósito de chatarra notó un extraño brillo azul emanando del polvo contenido en la cápsula. Fascinado por su apariencia, lo llevó a casa y lo compartió con familiares, vecinos y amigos. Nadie sospechaba que ese resplandor era señal de una intensa radiación. El cesio se dispersó entre objetos cotidianos, manos curiosas y espacios íntimos.
El 24 de septiembre, el hermano del dueño del depósito llevó fragmentos del material a su propia casa. Su hija de seis años, Leide das Neves Ferreira, los tocó mientras comía. En los días siguientes, muchas personas comenzaron a enfermar sin explicación aparente. La radiación ya había penetrado profundamente en la comunidad.
Finalmente, el 28 de septiembre, una persona llevó uno de los fragmentos al hospital, donde se detectó la presencia de radiación. Alertaron a las autoridades de inmediato y se inició un operativo de emergencia para contener el desastre. Al día siguiente, 29 de septiembre, se identificó la fuente como cesio-137 y se estableció un perímetro de seguridad alrededor del depósito de chatarra.
Pero el daño ya estaba hecho. El 5 de octubre murió la primera víctima: la pequeña Leide. Su cuerpo había absorbido una dosis letal de radiación. El 23 de octubre falleció la esposa del dueño del depósito, y el 27 de octubre, él mismo. El 28 de octubre se dio por concluida la descontaminación del área, aunque las secuelas físicas, psicológicas y sociales persistieron durante años.
El último fallecimiento directamente vinculado al accidente ocurrió el 17 de abril de 1994, cuando uno de los recolectores de basura murió tras años de complicaciones. El accidente de Goiânia se convirtió en uno de los peores incidentes radiológicos no nucleares de la historia, y dejó una profunda huella en la conciencia colectiva sobre los riesgos del abandono tecnológico y la falta de información.

Datos impactantes
El accidente radiológico de Goiânia no solo dejó víctimas humanas, sino que también provocó una dispersión caótica del material radiactivo por toda la ciudad. Muchas personas que visitaron la chatarrería de Devair Alves Ferreira o su hogar entraron en contacto directo con el polvo de cesio-137, sin saber que se estaban contaminando. Entre los casos más impactantes está el de Ivo, hermano de Devair, quien usó el polvo brillante para pintarse una cruz azul resplandeciente en el abdomen, fascinado por su luminosidad. Sin saberlo, también contaminó a los animales de su granja, muchos de los cuales murieron por la exposición.
La magnitud del accidente llevó a las autoridades a realizar simulaciones para estimar el nivel de exposición en distintos escenarios. Se recreó una maqueta del autobús que había transportado el material, y se calculó la dosis de radiación que habría recibido un pasajero durante los 15 minutos del trayecto. El resultado fue de aproximadamente 0,3 sieverts (Sv) en las piernas, una cantidad insuficiente para provocar el síndrome de radiación aguda. En un caso hipotético, si el pasajero se hubiera ubicado a 2,7 metros de la fuente, la dosis habría descendido a 0,04 Sv. Aunque estas cifras superaban los límites recomendados por las autoridades sanitarias, se concluyó que difícilmente habrían causado daños a largo plazo.
La tragedia también tuvo consecuencias legales. A raíz de los fallecimientos y la negligencia evidente, tres médicos responsables del mantenimiento y operación del aparato de radioterapia fueron acusados de homicidio por negligencia. El argumento principal fue que habían abandonado un equipo altamente peligroso sin las medidas de seguridad adecuadas. Este hecho subrayó la necesidad urgente de que las autoridades públicas inventarien y supervisen todas las fuentes de radiación en sus jurisdicciones, para evitar que algo similar vuelva a ocurrir.
Uno de los médicos implicados debió pagar una multa de 100.000 reales (aproximadamente €43.000) para cubrir los costos de acondicionamiento de las instalaciones abandonadas. Curiosamente, los chatarreros que manipularon y vendieron el material nunca fueron acusados formalmente, lo que generó debate sobre la distribución de responsabilidades en el manejo de materiales peligrosos.